Amaneciste. Sobresaltada te sentaste en la cama. En tu rostro se dibujaba el estupor de quien tuvo una horrible pesadilla. Pero cuando tus pies tocaron el suelo frío, llegaste súbitamente a la realidad.
Pronto te pusiste de pie, y diste dos o tres pasos, hasta llegar al espejo. Después de contemplarte detalladamente, tus manos se deslizaron por una cabellera que recién comenzaba a platearse. Cuando terminaron su recorrido, te estremeciste toda, y aunque no puedo asegurarlo, temblaste ante una idea horrorosa que cruzó por tu mente.
Lloraste. No lo niegues. Eso sí puedo asegurarlo. Te vi.
Corriste al baño mientras te enjugabas las lágrimas. Tu respiración era el puente perfecto para encontrar un valor inexistente, entre la duda y la desesperación que actuaban por sí solas, después que ya habías decidido hacerlo.
Miraste la bañera y encontraste idóneo ese lugar. El tapón estaba puesto en el escape de agua y con la misma mano temblorosa que antes se deslizaba por sobre tu cabellera, ahora abrías el grifo y dejabas que la bañera se colmara de agua.
Cada acción era más precisa que la anterior; cada vez la decisión estaba más inyectada de valor. Mientras la bañera “cobraba vida” volviste a verte reflejada en el agua que la inundaba. Una vez más decidiste que no era así como querías vivir el resto de tus días. Lloraste otra vez y cada lágrima se perdía en el inmenso mar que llenaba la bañera. Sabes bien que fue así. En ese momento hundiste tu rostro entre tus manos, como quien teme verse llorar a sí mismo.
Cuando el agua hubo tomado forma en la bañera y casi se desbordaba, yo creía que ibas a cerrar el grifo, pero no lo hiciste. Penetraste en la tina y te hundiste hasta desaparecer.
De seguro te justificarás inventando cualquier excusa, pero a mí no me engañas. No saliste debajo del agua hasta algún tiempo después ahogada en el suspiro casi eterno que siguió. En aquel momento leí en tus ojos lo que pasaba por tu cabeza. La imposibilidad de cometer un acto que pusiera fin a tu vida.
Temblabas otra vez; pero no con la misma intensidad. Estiraste la mano y conseguiste la toalla de colores que adornaba el cuarto de baño. Después de secarte lentamente de la cabeza a los pies, regresaste a tu cabello y lo envolviste para que no escurriera sobre tu cuerpo seco.
Otra vez, tu cara frente al espejo dándose valor. Corriste al armario y en ese momento cayó una gotita que empañó mis binoculares.
Te vi escoger la ropa más sexy, la que hacía años no te ponías, y te vestiste rápidamente. Cayeron otras gotas… Buscaste los zapatos más cómodos, y los que más acorde estaban con aquellos atuendos que habías escogido y luego te soltaste el cabello. Fue la acción más hermosa que pude ver entre las gotas de agua que nublaban mi visión. Hiciste un exagerado gesto de negación, permitiendo que tu pelo danzara alrededor formando una aureola que contorneaba tu rostro. Era hermoso, pero no pude ver mucho más que eso.
Solo tuve tiempo para ver cómo buscabas el paraguas, las llaves y salías de tu casa con cuidado y determinación. No te importó que estuviera lloviendo tan fuerte. No lo niegues esta vez. Ibas rumbo a la peluquería.
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