A Arianna, Mi primera mejor amiga.
Abrió los ojos y un rayo de sol que se había colado por entre las cortinas jugueteó un poco con su rostro. Sonrió levemente al vacío. Lucía radiante. Chloe esperaba ansiosa que sus padres entraran por la puerta de un momento a otro.
Apenas amanecía, y envuelta entre la blancura de sus sábanas finas sintió esa sensación de madurez mezclada con felicidad intensa que solo se siente cuando uno acaba de cumplir los diez años.
A cada rato escuchaba pasos inexistentes, se cubría la cara con la sábana y apretaba fuertemente los ojos fingiendo aún estar dormida para intentar rescatar el momento de la sorpresa que ya sería forzado.
Era una habitación adornada perfectamente a su estilo. Las paredes color rosa, y el resto de los muebles blancos. En una esquina, sobre una cómoda con diseños de princesas Disney, había enorme cantidad de muñecas de trapos caros, todas rubias y vestidas de rosado o lila. Había una por cada año de vida, sin contar las que recibía por cada nota máxima en los exámenes escolares. 
La habitación tenía un resplandor característico. Los ventanales eran grandes espacios cubiertos con un vidrio transparente y límpido por el que comenzaban a asomarse los rayos del sol, y estaban cubiertos por cortinas de seda fina y colores pasteles. La piel nítida y casi transparente de Chloe, contrastaba casi perfecta con la blancura impecable de las sábanas y se fundía la una con la otra como en una misma. Entre tanta paz, apenas se percibía el sonido de su propia respiración.
Ahora también comenzaba a escuchar el caminar pausado de las manecillas del reloj que había sobre la mesita de noche. El tiempo pesaban sobre ella y su ansiedad se multiplicaba por cada milésima de segundo.
Podría haber sido demasiado temprano aún. O quizás sus padres lo habían olvidado. A esa hora miles de pensamientos cruzaban por la cabeza de la pequeña que solamente quería ser sorprendida con regalos y apapachos. Ya quería desprenderse de la blancura de sus sábanas y salir afuera en busca de respuesta a tanta demora.
Y llegó a sentir un pesar tan profundo, que una rabia infundada producto de la larga espera, se apoderó de ella. Su cuerpo se enfrió de repente y un vacío se adueñó del corazón. Por momentos también pensó volver a cerrar los ojos y quedarse dormida otra vez, pero el desasosiego no la dejaría.
El hastío que sintió en su pecho pronto bajó y se le coló por algún rincón de sus caderas, y bajó luego más abajo, bajó a producirle cierto estremecimiento entre su piernecitas. Cuando ya no pudo más, se retiró las sábanas blancas de un tirón, y en un intento por levantarse quedó absorta. Ante sus ojos se descubrió un rojo intenso coloreado entre las níveas telas que la cubrieron durante toda la noche.
No comprendía nada. Le tenía miedo a tanto rojo. Temía incluso tocarlo, olerlo. Sintió asco, repulsión, y hasta odio a sí misma. Luego vino la vergüenza.
Pidió en silencio que la tierra la tragara. De un momento a otro ya no quería que sus padres la sorprendieran. Hubiese preferido morir, y no entendía por qué.
Chloe se hundió en un mar de lágrimas, mientras escuchaba los pasos de sus padres, acercándose por el pasillo, sin saber que aquella primera sorpresa roja, que había llegado prematuramente, la acompañaría cada mes durante casi toda su vida. Era algo con lo que toda niña grande debía lidiar, pero Chloe no estaba preparada. Ella seguía jugando con muñecas rubias de trapos caros y vestidos rosas y lilas.

Back to Top