Todo cubano que se respete ha cuestionado a su interlocutor, alguna que otra vez, con la ya famosa pregunta: “¿Hasta cuándo son los quince de Yakelín?”. Sin embargo, la mayoría desconoce el origen de tan famosa duda, quién fue Yakelín y qué ocurrió en su fiesta de quince años.
Para suerte de mis lectores, yo fui uno de los invitados al festejo. También asistieron La Negra Tomasa; Lola, a la que creían muerta desde las tres de la tarde anterior, pero sorprendió a todos con su presencia en el evento; Olga, la Tamalera, que se ofreció a llevar unos tamales con chicharrón de puerco deliciosos; La Macorina, que se pasaba por todas las mesas poniendo la mano donde no debía; la pobre Tula que no imaginaba que días después su cuarto cogería candela; y hasta el Médico Chino acudió a la famosa celebración.
Yo era vecino de los Serrano, la humilde familia de Yakelín, que estaba compuesta por su padre Ernesto Serrano, el único carpintero del pueblo; Marina Serrano, florista y madre de la joven; Doña Teresa Serrano, la abuela; y Don Tomás Serrano, el abuelo; ambos retirados. Toda la familia había puesto su empeño, y ahorros, en celebrarle los quince a la más pequeña por todo lo alto. Pero la noche de la fiesta, después del brindis y del waltz, ocurrió lo inesperado.
Los invitados estaban todos concentrados en medio de la pista, bailando al ritmo de la música que tocaba la orquesta, cuando de repente se escuchó un grito de espanto y dolor. Era Doña Teresa, quien había descubierto que su marido no respiraba.
El Médico Chino, fue corriendo entre la multitud, a arrodillarse frente a Don Tomás, que yacía sentado en una silla, con la cabeza colgándole de los hombros. Él fue el único en tocar al muerto. Le tomó el pulso, le tocó algunos lugares específicos del cuerpo y dio el resultado final. Todos nos acongojamos cuando declaró en perfecto mandarín : 看來他已經死了.
El Médico Cubano que también estaba presente, y hablaba perfecto español, confirmó la muerte del anciano y sugirió que lo enviaran pronto a la morgue para hacerle la autopsia, pero la viuda, entre lágrimas, se negó rotundamente. Según ella, su marido no quería ser ni cortado, ni cremado. El difunto siempre quiso un velorio de veinticuatro horas consecutivas, donde su cuerpo estuviera intacto, sin arreglos ni maquillajes. Y así comenzó a disponerse todo.
Entre Ernesto Serrano y otros hombres construyeron un ataúd de madera; mientras la Señora Marina y sus amigas se dedicaron a hacer arreglos florales para adornar el lugar de la casa que habían designado para colocar al difunto. Toda la madrugada estuvo la familia Serrano enfrascada en la preparación del velorio.
Para cuando dieron las nueve de la mañana, ya el muerto estaba colocado dentro del féretro, y rodeado de flores. Yo fui de los primeros en llegar. Luego se fueron sumando los mismos personajes invitados a la fiesta, que ahora venían vestidos de negro y algunos traían otros arreglos florales que iban colocando cerca del ataúd. Era tanto el cariño que sentía el pueblo por Don Tomás, que la mayoría de los asistentes a su velorio estuvieron presentes las casi veinticuatro horas que duró el mismo.
A las siete de la mañana siguiente ya Doña Teresa estaba un poco más controlada. Pareciera que se había quedado seca de tanto llorar. Los invitados continuaban sentados en sus butacones, acongojados, y la banda, que había ofrecido quedarse a tocar durante el velorio, comenzó a entonar la melodía de la canción con que Don Tomás había enamorado a Doña Teresa varios años atrás.
En ese momento, Ernesto Serrano le ofreció la mano a su hija. La joven Yakelín aceptó, y se puso de pie para bailar junto a su padre, otra vez. Los espectadores lloraban al ritmo de la música.
De repente, la tapa del ataúd se abrió lentamente, pero todos estaban demasiado atontados con el baile como para notar que el muerto se había despertado.
El difunto asomó la cabeza y comenzó a llorar de emoción al ver aquella escena. Cuando la banda tocó los acordes finales y todos aplaudían con gran emoción y lágrimas en los ojos, el interfecto miró su reloj y sin comprender qué día exacto estaba viviendo, exclamó confuso a su esposa: “Teresa, ¿hasta cuándo son los quince de Yakelín?”
Y fue entonces Doña Teresa, la que no sobrevivió a tal susto. Su velorio se llevaría a cabo esa misma noche, y su entierro a la mañana siguiente. Sin embargo, la frase de Don Tomás se convirtió muy pronto en la más repetida en todo el pueblo.
Cuando a Olga le encargaban un pedido de tamales y la pobre mujer se demoraba unos cuantos minutos de más en entregarlos; cuando el cuarto de Tula cogió candela y los bomberos tardaron más de una hora en aparecer; o cuando un tratamiento propuesto por el Médico Chino demoraba más de lo habitual en surtir efecto, los afectados por tales demoras se preguntaban hasta cuándo serían los quince de Yakelín.  Poco a poco, la frase salió de los límites del pueblo, se fue a vivir a la capital, y muy pronto, cruzó fronteras. Hoy en día ya tiene su traducción en otros idiomas y acentos.
Y esta es la verdadera historia de cómo la frase: “¿Hasta cuándo son los quince de Yakelín?” se convirtió en una de las preguntas más populares del mundo entero para referirse, de manera irónica, a que una situación se ha prolongado más de lo habitual.
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