A Dayra,  Porque supongo que Lulú esta mejor con ella.
A Gretel,  Por desafiarme a amarla siempre.
A mis padres, Que eran unos niños cuando rescaté a Lulú.

Esta biografía está incompleta.
Lo siento, pero no conozco ni el día, ni la hora, ni el lugar en que nació Lulú.
La conocí cuando era una adolescente. Estaba encerrada en una caja de cristal, amontonada con otros de su especie. Los más exóticos y extraños animales de algodón revolcados unos sobre otros rogaban salir de allí.
Era un juego divertido, pero caro. En la parte superior, dentro de la caja, había una mano metálica, y a mi alcance, una palanca que haría mover la mano metálica, e intentar atrapar uno de los animaluchos, atraerlo hacia un orificio y eso lo dejaría en libertad. Yo quise probar suerte.
Mis padres se negaban a darme el dinero para poner la máquina a funcionar, pues aseguraban que sería dinero perdido. A esa hora se pusieron a darme cifras exactas. Según ellos el 99.9% de personas que jugaban ese juego, perdían. Ellos me darían el dinero, pero me aconsejaban que lo empleara en algo más útil, como helados o caramelos.
Sin embargo, ni siquiera la idea de poseer esas ricas golosinas, detuvo mi empeño. Mi insistencia fue tal, que los convencí finalmente.
Con un dólar, el armatoste te daba dos intentos de juego, y mi padre impuso como condición final que él lo intentaría la primera vez y la segunda sería mi oportunidad. Yo acepté sin protesta alguna. Algo me decía que saldría victorioso en mi hazaña.
Aunque mi madre insistía en que sería un derroche de dinero, mi padre sacó del bolsillo un billete de papel y lo introdujo en la máquina, que muy pronto se puso en movimiento haciendo un sonido muy extraño. Rápidamente, papi tomó la palanca entre sus manos, y con movimientos acrobáticos comenzó a moverla, haciendo que la mano metálica atrapara con sus garras a uno de los peludos, y cuando mi papi movía la palanca para atraerlo hacia el orificio por donde debía caer… ya cuando estaba a punto de salvarlo… el garfio se abrió dejando al algodonado atrapado otra vez entre la multitud. Primer intento fallido.
Era mi oportunidad.
Ansioso, esperé a que la máquina se reestableciera. El mundo se paralizó para mí. Muy pronto, a mi alrededor, comenzaron a aparecer otros padres con sus hijos que querían ver cómo yo desarrollaba mi epopeya, pero yo no escuchaba nada. Me concentré en la caja de cristal y en mi objetivo de salvar a uno de los peludos. No fijé la mirada en ninguno en específico. Cualquiera que rescatara iba a ser especial para mí.
Moví la palanca, calmado, evitando los movimientos acrobáticos que había hecho mi padre sin objetivo alguno.
Y fue en ese momento cuando las garras pellizcaron a Lulú, por el lomo.
Cuando la vi, hice un rápido movimiento y el garfio, dentro de la caja, hizo lo mismo; se aflojó y dejó caer a Lulú, por el orificio que la pondría en libertad.
La alegría y el asombro por parte de todos los presentes no se hicieron esperar. Mi papá se sentía orgulloso; mi mamá, entre su asombro, estaba ansiosa por conocer personalmente a la rescatada. Con la alegría no nos habíamos percatado de que aún no la conocíamos.
La tomé en mis manos y lo primero que pensé fue: “¿una vaca?” Hubiese preferido salvar un dragón, una jirafa, o un elefante, pero una vaca negra y blanca, y por demás gorda, no me hacía ninguna gracia.  
Después de un rato observándola con desaliento, pensé: “esta vaca gorda, quizás no sea de las más bellas, pero es la primera constancia que tengo en mi vida de que logré algo que todos creían imposible”; y por eso comencé a quererla.

Aún no tenía nombre.
Cuando la llevé a vivir conmigo todavía la llamaba “vaca” y se la mostraba a familiares y amigos como un pequeño trofeo.
Luego nació mi hermana, y en mi afán de complacerla en todo, creo que se la regalé. Todavía no hago conciencia de ese acto, porque Lulú siempre fue mía.
De pequeña, mi hermana no mostraba gran interés por los peluches, (de grande tampoco), de modo que la vaca fue a parar de adorno a un rincón olvidado de la casa.
La perdí de vista.
-       ¿Alguien ha visto a Lulú? – un día me descubrí buscándola desesperadamente. Ya comenzaba a extrañarla.
-       ¿Sabes donde está? – le pregunté a mi hermana, quien, con la mayor indiferencia, me respondió que no tenía la menor idea.
Escudriñé en cada rincón de mi habitación y en la de mis padres, hasta que por fin, la encontré, en una especie de cementerio de muñecos de peluche en miniatura donde Lulú era la mayor de todos.
Me quedé sorprendido. No experimente el menor sentimiento al ver a mi vaquita ahí tirada y olvidada. Ni siquiera me emocionaba el verla otra vez después de buscarla desaforadamente. Fue entonces que decidí que no podía permanecer conmigo, ni con mi hermana. Aunque yo hubiese sido el gerente de su rescate, Lulú no me merecía ni a mí ni a mi familia. Así que la regalé a una persona que en algún momento fue especial para mí, aunque nunca más he vuelto a saber de ella. A veces hay que dejar ir.

Ayer, mientras le leía esta biografía a mi hermana, me desmintió. Comenzó a decirme que nada de lo que contaba aquí era cierto; que Lulú siempre había sido suya, porque yo se la regalé desde el momento exacto en que la salvé de la caja de cristal; que ella siempre la cuidó de un modo especial; y que no se llamaba Lulú, sino Lola como ella misma la había bautizado.
Pero yo ya no tenía tiempo para investigar cuál de los dos tenía la razón. A fin de cuentas supongo que mi vaquita haya pasado a mejor vida y creo que es la única en su especia en tener una biografía de algodón.​​​​​​​
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