A Giselda Calero,
Que una vez tuvo una coneja blanca sin nombre

Dos cosas me dejó mi Abuelo al morir: una coneja blanca sin nombre, que era su mejor amiga; y un insoportable desconsuelo clavado en mi corazón.  
- Una boca menos que alimentar – oí decir a mi padre una madrugada, entre sollozos ahogados en el pecho de mi madre.
Éramos gente humilde -más bien pobres- incluso desde mucho antes de que mi padre perdiera su trabajo. Se las ingeniaba, no sé de qué manera, para conseguir la comida, que luego mi madre preparaba con esmero, y lograba administrar para que alcanzara durante varios días.
Lo más triste de todo fue que, al morir mi abuelo, mi coneja blanca, que hasta ese entonces también era parte importante de la familia, dejó de existir para mis padres. Olvidaban comprarle su comida y darle de beber, bañarla y mimarla como solían hacer antes. La muerte de mi abuelo, no solo significaba una boca menos que alimentar, sino dos.
- Entiéndelo, Sofía. No nos alcanza el dinero para comprar la comida de la coneja. Lo poco que tenemos queremos ahorrarlo para celebrarte una fiesta de quince como la que te mereces, mija. – me decía mi madre para convencerme, cuando veía que mi angustia no hallaba consuelo.
Y lo decía, porque ella sabía que la fiesta de mis quince, era de las cosas que más deseaba en este mundo: vestirme como una princesa, bailar el vals con mi padre, convertirme por fin en una mujer a la vista de mis amigos y conocidos del barrio y la escuela.
Pero mi coneja blanca, que ya conocía el sabor de la tristeza desde la muerte de mi abuelo, estaba consumiéndose lentamente. Yo intentaba alimentarla con cuanta yerba encontrara por ahí, pero el pienso de conejos y las frutas y vegetales que solía conseguir mi padre cuando mi abuelo aún vivía, le eran casi imposibles de encontrar en el mercado.
Y entonces, mi coneja, dejó de dar saltos alegres, dejó de corretear por la casa, dejó de ser la bola de pelos juguetona y divertida que yo conocía, y comenzó a esconderse en los rincones más oscuros, desapareciendo, a veces, durante horas, para sufrir en completa soledad, su hambre y su tristeza.    
El día que yo cumplía los quince años, fue de esos días en que amanecí buscándola por toda la casa, pero no la encontré. La supuse acurrucada y sin consuelo en alguna oscuridad, y no quise arrebatarle aquella soledad que quizá necesitaba.
Mi tan añorada fiesta de quince años existió solamente en algún lejano lugar de mis sueños. El poco dinero que habían logrado reunir mis padres, había sido el último recurso que usamos para no morir de hambre, durante aquellos días difíciles. Por eso, ese día, para conmemorar mis quince primaveras, solo tuvimos una cena especial en familia.
Mi madre decoró el comedor con flores que mi padre había traído de algún lugar, y unos candelabros antiguos con velas de colores que solo se usaban en ocasiones especiales.  A las siete en punto nos sentamos a la mesa para disfrutar de una cena que desde muy temprano había comenzado a darle olor a toda la casa.
La mesa de cuatro espacios tenía uno vacío, y aquello me resultaba doloroso. Desde que abuelo murió no habíamos vuelto a cenar juntos en el comedor y, por una razón muy evidente, esta cena no era un encuentro alegre como debía serlo. Podía escucharse, incluso, el sonido de la luz quemando las velas frente a nuestros ojos. Yo solo jugaba con el tenedor y la comida en mi plato.  
- ¿Estás bien? –preguntó mi padre, dirigiéndose a mí.
- Mi coneja blanca ha desaparecido desde esta mañana. – le dije.
Mis padres se miraron cómplices, sombríos. Mi madre bajó la cabeza y sus ojos tristes chocaron con el pedazo de carne casi terminado que había en su plato. En ese momento supe, que de las dos cosas que me había dejado mi abuelo al morir, ya solo me quedaba una, y sería eterna: este insoportable desconsuelo que todavía llevo clavado en mi corazón.  
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