Dicen que todos los nombres tienen un significado, pero Roxanne no es solo nombre de tango. Eso lo descubrí cuando la tuve frente a mí, y su aliento fresco me rozaba los labios.
Estaba intimando con la mujer que había admirado toda la vida, mas, había algo que me impedía amarla con la carne, solo con el alma.
Cada mirada era más fogosa que la anterior, y mientras palpaba cada parte de mi cuerpo, me estremecía en un suspiro de sentimiento vacío. No sabría cómo explicar aquella sensación. En mi pecho había algo que dolía, algo profundo, en algún lugar lejano de mi alma.
Yo la amaba.
Hacía mucho tiempo que la observaba como se ganaba la vida con sus altos tacones rojos y su vestido carmesí, frente a la Avenida de la perdición con tan solo sacar el brazo a los autos que por ahí pasaban y que tuvieran un T inicial en su identificación.
Yo corría todas las mañanas por el Malecón, mientras ella “trabajaba”. Cuando pasaba a su lado, me detenía con alguna justificación ingenua y la contemplaba sin cansarme, hasta que ella se montaba en uno de los autos que la llevaban al infierno.
Pero nunca perdí las esperanzas. Un día me le acerqué y le dije:
-          Alguna vez serás mía.
Y como en efecto… hoy estaba frente a mí, yo rozando su piel desnuda y dúctil con las yemas de mis dedos y un sentimiento extraño recorría mi ser. Un sentimiento que era incapaz de comprender. No sé por qué no podía seguir adelante en mi afán de hacerla mía, lo que sí sabía es que Roxanne no era tan solo un nombre de tango.
Yo estaba desconcertado. Aquella situación ponía en tela de juicio mi hombría y por tal motivo me arriesgué a hablarle:
-          ¿Te quieres casar conmigo?
-          ¿Qué? – ella no comprendía nada.
-          ¿Qué si te quieres casar conmigo… dejar esa vida que llevas y que no va a terminar en nada bueno… ser feliz a mi lado, tener hijos, una familia? ¿Te quieres casar conmigo?
-          ¿Estás loco? – en efecto lo estaba. Proponiéndole matrimonio a Roxanne, nada más y nada menos que a Roxanne…
-          Puede que lo esté, pero es una buena oferta. ¿No te parece razonable?
-          Claro que no.  ¿Qué podrías darme tú?
-          Una familia.
-          ¿Y eso qué de bueno podría tener?
-          Despertarte cada mañana y saber que no estas sola, que dejes un pedacito de ti en este mundo…
-          ¿Y de qué me servirá eso cuando los gusanos me hayan comido? De nada. Yo prefiero ser bien práctica y vivir la vida de ahora, el presente. ¡Déjate de locuras y concéntrate! No tengo toda la noche…
-          Es la vida que toda mujer desea…
-          Yo no. No pretendo levantarme todos los días temprano con el llanto ensordecedor de un chiquillo que quiere que le cambie los pañales, dedicarle todo mi tiempo a un hombre que pretende que me convierta en su esclava, y pasar mil trabajos y recondenaciones… No... gracias, prefiero seguir siendo Roxanne, la putica de La Habana, como me llaman todos, pero la que al final del día tiene cien fulas en el bolsillo y le puede dar a su madre la mejor vida que una hija puede darle a una madre, y comer buenos bistecs, y vestirme con tremenda pinta, la que usa la crema y nata de Europa, y prefiero seguir esperando que algún día, uno de los tipos que me usan y luego me dejan, se compadezca de mi y me den lo que necesito: un viaje un poquito más lejos que esta isla de mierda donde lo único que se vive es trabajo y más trabajo… Por eso, prefiero seguir siendo Roxanne. Y dime si te vas a poner para esto o no. Ya te dije que no tengo toda la noche.
-          No, Roxanne. Yo no puedo. No quiero incluirme en la lista de los hombres que te usan y luego te dejan, y lamentablemente no puedo ser de los que se compadezcan de ti y te saquen de esta isla maldita. Prefiero quedarme con este momento de locura en el que le ofrecí matrimonio a Roxanne: la putica de La Habana. Prefiero mantener en mi recuerdo el aliento del beso que no nos dimos, y el roce de mis dedos en tu piel. Creo que con eso yo soy feliz.
Y la dejé ir. Sí. No tenía más que darme para sentirme satisfecho. Yo había amado a Roxanne, pero en ese momento volví a pensar que Roxanne no es solo el nombre de un tango, sino también el nombre de una mujer a la que amé. Y creo que ese fue uno de mis mayores pecados.

Cuento publicado en el libro: Todos Contamos.
Editorial SnowFountain 2015.
Back to Top